Casi dos millones de personas vivían en Gaza antes del fatídico 7 de octubre de 2023. Casi la población de Canarias en una extensión de territorio como La Gomera. La mayor cárcel del mundo a cielo abierto, en palabras del historiador israelí Ilan Pappé.
Se estima que las personas asesinadas por el ejército de Israel son muchas más de las que contabiliza el Ministerio de Salud palestino, ya que solo cuentan las personas que han llegado a los ahora devastados hospitales. Según la relatora de la ONU para Palestina, probablemente sean diez veces más de la cifra actual, que asciende a 65.000. Así que estaríamos hablando de en torno a 650.000 entre personas asesinadas y desaparecidas bajo los escombros. Sin hablar de las más de 160.000 personas heridas.
Nasara Cabrera Abu leyendo el manifiesto.
Según la UNRWA, Gaza registra actualmente el mayor número de niños y niñas amputados per cápita del mundo, estimado en 4.000 según esta organización, que también advierte que casi 650.000 gazatíes están sufriendo los más extremos niveles de hambruna. Hambruna de la que ya se han muerto 360 personas, casi la mitad compuesta por niños y niñas, muchos de ellos recién nacidos o lactantes.
Es más que seguro que cuando usted esté leyendo estas palabras todas las cifras anteriores se hayan multiplicado si no se consigue detener esta barbarie. Ningún ser humano merece este nivel de sufrimiento. Niños y niñas sin infancia, huérfanos, solos completamente, sin comida, agua, abrigo o el calor de una madre; y lo que es peor, sin futuro, sin esperanza y con el trauma y el dolor de haber sido testigos del infierno en la tierra.
Las historias son desgarradoras, desde madres que recogen los cuerpos desmembrados de sus hijos para poder enterrarlos; niñas que desean morir para comer en el cielo; familias enteras enterradas; niños y niñas muriendo de enfermedades por falta de medicación; padres siendo acribillados en los puntos de ayuda humanitaria mientras buscaban algo de comida para alimentar a una moribunda familia; el testimonio del anestesista español que ha vuelto de Gaza, Raúl Incertis, que cuenta como el ejército mata deliberadamente a los más pequeños con balazos en tórax y cabeza; relatos de otros médicos que tenían que elegir a qué niño o niña ponerle anestesia para ser amputado, porque a otros muchos los operaron sin ella; o como lo que estos días ha contado la doctora australiana, Nada Abu Alrun, voluntaria en lo que queda en pie del hospital Al-Shifa, cuando recibió a una mujer embarazada decapitada a la que le practicaron una cesárea para salvar a la criatura que llevaba dentro.
Nuestro presidente, José Armengol, leyendo nombres de menores fallecidos.
Y yo me pregunto, ¿para salvarla de qué? ¿Qué será de ese nuevo ser humano nacido en medio de la mayor tragedia retransmitida en directo al mundo entero? ¿Qué va a ser de quiénes sobrevivan a este apocalipsis? ¿Acaso acabarán recluidos en un campo de refugiados más en algún lugar árido de lo que quede de Gaza y abocados al gélido olvido?
De lo que sí estoy segura es que este genocidio no es un hecho aislado, ni una simple reacción defensiva, es una etapa más de la limpieza étnica perpetrada por Israel en Palestina desde que se creó el estado judío en 1948. Limpieza que comenzó por la Nakba (el desastre), y que supuso la huida y asesinato de 750.000 palestinos en aquel año que vio nacer al estado más sangriento del siglo XXI; y que me temo que no acabará con la desaparición de Gaza.
Estos días Israel ha cerrado el puente de Allenby, paso terrestre entre Cisjordania y Jordania y la única salida para la población palestina hasta ahora, ya que no tiene permitido salir por el aeropuerto. ¿Será ese el siguiente paso, exterminar en masa a su población? En cualquier caso, la están aniquilando a cuentagotas, de la mano de un ejército educado para odiar al enemigo (los árabes) y legitimado por décadas de venderle al mundo que ser musulmán y/o árabe es lo mismo que ser terrorista y, por tanto, merecen morir. Algo parecido a cuando en la época del colonialismo por allá en el siglo XV se consideraba que los esclavos o pueblos sometidos no tenían alma y no eran humanos (casualmente la misma palabra que usan los ministros israelíes para referirse a los palestinos).
«Solo había matado a cinco niños»
Solo con un adoctrinamiento semejante se explica que los jóvenes que conforman las fuerzas de defensa israelíes maten a civiles, sobre todo niños y niñas, a sangre fría y sin el más mínimo atisbo de remordimiento; como podemos ver en Instagram, donde Hamzah, un conocido streamer palestino entrevista a soldados israelíes. En una de estas entrevistas, una joven israelí admitía con total frialdad que solo había matado a cinco niños, ¡solo! Y lo repetía una y otra vez.
Una compañera aportando zapatos al evento en apoyo de Palestina, realizado recientemente en Las Palmas de Gran Canaria.
Medio siglo después de que se crearan las Naciones Unidas, y de que se cerrara otro capítulo negro en la historia contemporánea, el Holocausto judío, solo podemos confirmar que el espíritu del mundo que vio nacer la Declaración de los Derechos Humanos ha muerto y que el sentido de las Naciones Unidas se ha desvanecido con cada asesinato impune.
¿Cuántas atrocidades es capaz de aguantar nuestra conciencia? Quizás estemos normalizando lo inhumano, o quizás el mundo esté llegando a su fin, como decía mi abuela cada vez que le sorprendía algo a todas luces inaudito para ella. Solo nos queda la esperanza de un despertar de la sociedad global horrorizada por un Israel sediento de sangre, de tierra y de recursos. O que incluso, la población israelí se levantara contra su ultraderechista gobierno para pedir que pare esta masacre. Solo entonces podríamos volver a confiar en los valores que algunas personas tenemos pero que no parecen imperar en este mundo (no dan dinero).
Mientras, ayudemos a las organizaciones que ayudan a la población palestina, como UNRWA; alcemos nuestra voz ante la indiferencia; no compremos productos que provienen de Israel o de los Territorios Ocupados Palestinos, como las papas que se venden en los supermercados de nuestro pueblo, o los dátiles; o, entre otras tantas cosas, exijamos a nuestro Gobierno que se posicione en el lado correcto de la historia. Solo así quizás salvemos los sueños de la población palestina que queda viva. Solo así honraremos los sueños que quedaron sepultados bajo los escombros.
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