Este año, se cumplen cincuenta años del fallecimiento del dictador Francisco Franco. A estas alturas, los historiadores han hecho un análisis y un balance de lo que fue la dictadura, muy alejado de la exaltación déspota, en lo que, siguen empeñados sus defensores más conspicuos y aquellos otros que hablan de oídas. Desde Ando Sataute, entendemos que el proceso de democratización está abierto desde entonces de manera permanente. Es una obligación de los demócratas defenderla y trabajar para facilitar canales de participación permanente, más allá de los periodos electorales.
Imagen de una visita de Francisco Franco a Canarias.
Desde la perspectiva histórica se puede hacer un análisis -no del todo acabado, la historia no termina nunca de analizar y reactualizar sus conocimientos- más o menos objetivo del largo periodo dictatorial -39 años, nada menos-. Una dictadura salida de una guerra civil -iniciada por un golpe de estado contra el régimen democrático y legítimo de la Segunda República, y que comienza con una durísima represión tras la guerra: hoy día sabemos que entre 1939 y 1950 aproximadamente se produjeron nada menos que 50.000 fusilamientos, producto de condenas sin garantía de ningún tipo contra los reos-. Una dictadura que se inicia con un apoyo a las potencias totalitarias -devolución del favor que estas hicieron para que Franco y sus conmilitones ganaran la guerra- y con un aislamiento desde 1945. Fueron años duros de represión y hambre. A partir de los inicios de la Guerra Fría el régimen consigue poco a poco un consentimiento por parte de Occidente.
Los años 50 fueron unos años de reconocimiento internacional (1953, acuerdos con Estados Unidos y la Santa Sede; 1956, admisión en la ONU; 1959, visita del presidente norteamericano Eisenhower), de progresiva mejora de la situación económica y de la tolerancia de los países democráticos, empezando por Estados Unidos. Aún así, habría que esperar al Plan de Estabilización de 1959 para un cambio de política económica; ahora sí, los años 60 fueron años de un fuerte desarrollo económico y de profundos cambios económicos y sociales, que coincidieron con un crecimiento importante de la oposición democrática (en áreas urbanas, en la industria y en las universidades), que poco a poco se va fortaleciendo, oposición que jugará un papel importante en el proceso de transición. Será en los años setenta, durante la crisis final de la dictadura, cuando aparezcan disensiones en el seno mismo del régimen, aperturista frente a continuista -búnker- . Los dos últimos años de la dictadura coincidieron con los problemas de salud del dictador, y el asesinato de Carrero Blanco (diciembre de 1973), que agravaron la agonía final del régimen.
Tras el dictador llegó una corta incertidumbre y el gobierno de Suárez.
Muerto el dictador el 20 de noviembre de 1975, se abrirá un periodo de incertidumbre (gobierno de Arias Navarro) hasta el verano de 1976, cuando el rey nombra presidente del gobierno. Adolfo Suárez, es el que inicia propiamente el proceso de lo que se ha dado en llamar Transición. Este periodo caracterizado por una presión de la oposición y un movimiento ciudadano en las calles, que fueron enormemente importantes para la consecución de las libertades democráticas, y a nivel institucional, por los pasos que va dando el gobierno de Adolfo Suárez: aprobación de la Ley de Reforma Política, octubre de 1976, convocatoria electoral de junio de 1977 y progresiva legalización de partidos y sindicatos, entre ellos la legalización el 9 de abril de 1977 del Partido Comunista, que despertó muchos recelos en la cúpula militar y que se saldó con algunas sonoras dimisiones de altos cargos militares. Tras esas elecciones, que dieron la mayoría a la UCD de Adolfo Suárez, seguida del PSOE, se inicia de facto un periodo constituyente del que saldrá la Constitución de 1978 seguidas de las elecciones de 1979, en donde UCD vuelve a obtener la victoria. A partir de este momento, la UCD entrará en una grave crisis que culminará con su práctica disolución. A lo largo de todo el proceso de transición a la que se ha dado en llamar transición pacífica se produjeron un gran número de actos violentos, protagonizados por el terrorismo de ETA, del GRAPO, de los grupos ultraderechistas y de las propias fuerzas de orden público, salidas de la dictadura y que actuaban con una enorme contundencia en las movilizaciones populares, obreras, estudiantiles, (la matanza de Vitoria -marzo de 1976-, que se salda con la muerte de nada menos que cinco obreros). La transición no fue tan pacifica.
Una vez aprobada la Constitución se inicia propiamente el periodo democrático en España. A partir de 1978 España empieza a adquirir una senda cada vez más democrática, no sin algún sobresalto, como el intento de golpe de estado de febrero de 1981. Será en octubre de 1982 cuando se produce la victoria del partido socialista (con Felipe González) en unas elecciones generales; a partir de ahí el gobierno socialista se impondrá una senda de reformas importantes económicas, sociales y políticas a lo largo de los catorce años que el PSOE gobierne (gana nada menos que cuatro elecciones generales entre 1982 y 1996). Será en 1996, después del lastre de la corrupción y del caso del GAL, cuando por primera vez gane unas elecciones el partido fundado por el ex ministro franquista Manuel Fraga, Partido Popular.
Imagen para la historia, con Franco visitando Gran Canaria.
¿Cuál es el balance de estos cincuenta años? Podemos decir que enormemente diverso: a nivel económico el cambio hacia un país desarrollado y moderno (la incorporación 1986 a la CEE fue determinante); a nivel social destacaría la progresiva secularización y la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral, así como la aprobación del divorcio, el acceso a los medios anticonceptivos, el aborto, el desarrollo de los movimientos feministas…, a nivel político los ciudadanos vemos la democracia y las libertades como un bien a preservar, sobre todo en una coyuntura histórica como la actual donde está bastante cuestionada desde muchos sectores sociales y políticos (algunos llaman a este periodo presente “momento Weimar” recordando las amenazas que se cernieron sobre la República democrática alemana, posterior a la I Guerra Mundial, y que finalmente acabaron con ella y con la llegada de Hitler al poder). En fin, un país a todos los niveles muy diferente del de 1975.
La transición como proceso político del paso de una dictadura a un sistema democrático está sometido hoy día a fuertes controversias. En un reciente libro, “Las huellas de la transición: 50 años de cambio y conflicto en democracia” de Robert M. Fishman y de Ignacio Sánchez Cuenca, se habla de tres grandes formas de construir el análisis del proceso de transición: lo que ellos llaman la nostálgica, la impugnadora y la que ellos mismos defienden la llamada construcción prometeica: En el primer caso, el proceso de transición se considera como algo intocable; en el segundo caso, la impugnadora, el proceso de transición se ve como escorado bastante a la derecha y con grandes déficits democráticos, y, finalmente, el que ellos proponen la llamada construcción prometeica, que se centra sobre todo en los valores que hicieron posible el proceso de transición (entre ellos, la tolerancia), además de asumir que ese proceso de democratización está de manera permanente abierto y en evolución. Y creemos, desde Ando Sataute, que en eso estamos. Vemos que el proceso fue complejo y difícil, porque el contexto no era fácil: unos poderes herederos de la dictadura (el ejército entre ellos) que veían con enorme recelo el desmantelamiento del franquismo, una grave crisis económica, derivada en gran medida de las subidas del precio del petróleo desde 1973 y una presencia del terrorismo de ETA que ponía contra las cuerdas a la sociedad española.
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